Los países no existen

Una nota sobre el Papá Noel de científicos e intelectuales

Siento tener que decirte que tu país no existe. Básicamente, no tiene sentido decir que algo que imaginamos colectivamente “existe”. Piénsalo. Si un grupo de niños se reúne en una habitación para jugar a los médicos, ¿por qué su hospital no es de verdad pero el de los mayores sí? Podríamos responder que lo que hacen los mayores es serio o de gran escala, pero estas no son diferencias fundamentales.

En efecto, muchos dirían que la actividad resultante de la creencia en un país es lo que demuestra su existencia. Sin embargo, esta falacia nos lleva a admitir que el hospital de los niños también existe, incluso en mayor medida, pues un país no tiene siquiera la apariencia física y observable de un hospital. Además, un hospital sirve para sanar personas, pero, ¿para qué sirve un país? Claro, hay zonas geográficas que pueden llamarse países en función de sus atributos naturales, pero esto no es lo mismo que las regiones políticas a las que aquí me refiero.

El hecho de que el mapa de un continente se divida en una serie de países que comparten frontera no es accidental. Nunca encontramos un país aquí y otro allá rodeados por tierra de nadie. La tierra siempre es de alguien. Un cierto día la gente A llegó y anunció, “esta es la tierra del pueblo”, o algo parecido. Y su tierra no llegó a hacerse tan grande como todo el continente porque no pudieron vencer a la gente B, que declaró exactamente lo mismo. 

Yuval Noah Harari se ha dado cuenta de esto y ha escrito un best-seller, Sapiens, acerca de cómo los seres humanos dominamos el planeta gracias a nuestra habilidad “cooperativa” de carácter lingüístico. Sin embargo, claramente, hay algo en esta habilidad que no es del todo cooperativo.

Muchas veces nos sentimos arropados por ilusiones de recompensa y castigo, del mismo modo en que un niño—o quizá más bien sus padres—se siente arropado por Papá Noel. “El país” pertenece a este tipo de ilusiones, las cuales ni existen ni son cooperativas. Una de las maneras que tienen los intelectuales como Harari para seguir arropándonos consiste en argumentar que estas ilusiones funcionan, como funciona “el dinero”. Sin embargo, no es esto lo que se ve en realidad.

No vemos un único dinero que todos los seres humanos usamos para intercambiar bienes y servicios dada nuestra propensión universal a la cooperación. Lo que vemos es una serie de “dineros” que benefician, o bien a la gente A, o bien a la gente B; y esto “funciona” porque la gente A cree en el dinero A, la gente B cree en el dinero B, ninguno cree en el dinero del otro, y ambos quieren que el otro crea en el dinero de ellos. Como he explicado anteriormente, esto pasa porque esos medios de intercambio no son realmente dinero sino crédito. El oro y la plata son, naturalmente, dinero. También lo son los bitcoins y las conchas de cauri. Lo que ocurre es que el dólar, el rublo, y otras formas de crédito—que están limitadas a un cierto contexto social—están hechas a imagen del dinero, al igual que los papelitos del Monopoly.

Exploremos un poco más esta forma de confundir propiedades sociales con propiedades naturales citando el famoso libro de Harari:

Los estados se fundamentan en mitos nacionales comunes. Dos serbios que nunca se hayan visto antes pueden arriesgar su vida para salvar el uno al otro porque ambos creen en la existencia de la nación serbia, en la patria serbia y en la bandera serbia. Los sistemas judiciales se sostienen sobre mitos legales comunes. Sin embargo, dos abogados que no se conocen de nada pueden combinar sus esfuerzos para defender a un completo extraño porque todos creen en la existencia de leyes, justicia, derechos humanos… y en el dinero que se desembolsa en sus honorarios.

Nuevamente, el problema con esta idea de “cooperación” a gran escala es ignorar la relación que tiene el mito serbio, que divide a las personas, con el mito de leyes, justicia, derechos humanos y dinero, que supuestamente las une. En la actualidad, los abogados no pueden ayudar a un extraño sino dentro de un sistema legal fundamentado en un mito nacional; no tienen poder fuera de él.

Así, esos atributos étnicos o tribales se imbuyen de un carácter universal: No todo el mundo es serbio, pero todo el mundo debería ser “justo”. De algún modo, pues, todo el mundo debería ser serbio. Harari habla igualmente de que los mitos religiosos incluyen leyes naturales, por las cuales existe el cielo y el infierno, por ejemplo, en el caso de los cristianos. Como la justicia, estas leyes se aplican a toda la humanidad, pero sólo los cristianos las ponen en práctica; y si no eres cristiano, bueno, ya sabes lo que te espera. 

La palabra clave en este gran juego es la socialización, es decir, la transmisión de normas de conducta aceptable, algo que pasa principalmente en la niñez. La mayor parte de la gente se queda en su país de origen y obedece sus normas durante toda su vida—o al menos lo intenta—porque han sido fuertemente socializados por sus mayores. Harari se apresura a decir que los mitos “no son mentiras”. Por supuesto que lo son. Son simplemente el tipo de mentiras en que nos gusta creer, porque nos hacen sentir que pertenecemos a una sociedad que se expande y hace más copias de nuestros genes. Y a quién no le gusta eso.

La propia tesis del libro, acerca de los mitos, tiene algo de mito. Harari ve a los seres humanos como una especie de dioses que están creando una nación planetaria, irónicamente, llena de vida artificial—como la barba de Papá Noel. Sin embargo, la vida ordinaria, política y religiosa no parece darle la razón. Las ilusiones del siglo XX están finalmente siendo abandonadas, al tiempo que se incrementan los conflictos ideológicos que de ellas surgen por el colapso inevitable del sistema financiero.

Además, las auténticas fuerzas de la globalización no están basadas en el mito. La gente no “cree” en la lengua inglesa o en las lenguas universales de las matemáticas y la música. Los ordenadores no “creen” en el protocolo TCP/IP en que se basa internet, o en el protocolo Bitcoin que conduce valor a través de internet. Estas son cosas que simplemente nos pasan, porque en el fondo queremos cooperar de verdad. Estamos de hecho librándonos de este vergonzoso impedimento que es el tribalismo y el mito.  

El trabajo de Harari es, de todos modos, interesante por la forma en que ha capturado la atención colectiva. El mito de una nación planetaria no va a convertirse en realidad, y mucho menos la vida artificial; si bien es cierto que somos especiales por nuestra habilidad lingüística de dirigir nuestra propia evolución, y que nuestra curiosidad es imparable.

Jose Maanmieli


Referencias:

Nuestro artículo “Children’s pretence: A scientific perspective on social reality” ilustra, a nivel académico, cómo estas consideraciones afectan a la investigación científica.

La cooperación sí puede emerger de las creencias prescriptivas, pero como explico en A descriptive explanation of morality, algunas creencias prescriptivas, como los países, se confunden con creencias descriptivas, lo que, naturalmente, conduce al conflicto entre diferentes cosmovisiones.

Una vista más cercana a la naturaleza del lenguaje revela las raíces cognitivas de este fenómeno. Véase “Why we call parents ‘parents’” o “The nature of kinship terms: From dad and mum to god and society“.

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